Es muy difícil cuando uno tiene ganas de expresar algo, el decirlo sin que los que te importan se den por aludidos. Las palabras a veces pueden ser balas que se disparan y dan contra quien no lo merece, dejando impune a quien sí. Además siempre he estado seguro de que no se puede culpar a nadie de haberme hecho daño. Ni siquiera se puede considerar que sea realmente daño, sino probablemente doloroso aprendizaje. El hecho de haber vivido durante años la estabilidad y felicidad de una relación es probablemente lo que me ha impedido ver el ritmo con el que se mueve el resto del mundo. Y por supuesto esto último no ha sido nada malo, sino todo lo contrario.
Después de unos meses viendo lo que hay por ahí he llegado a la conclusión personal de que las reglas del juego son difíciles de aprender aunque al final debes aceptarlas te guste o no. Los pilares en que se asientan son simples. El miedo al compromiso, el círculo vicioso: probar - comparar - descartar - probar... a la mayor velocidad posible, el afán de coleccionar trofeos, la necesidad de estar presente en todo evento por que hay que mostrarse en el escaparate, La defensa del territorio inherente al macho de la especie, la necesidad de unirse en manada para ser alguien, y la necesidad de que cada manada desolle a cualquiera fuera de su círculo...
Al final todo esto acaba imponiéndote una forma en la que te tienes que comportar, quieras o no. Y aunque te esfuerces, la marea te lleva salvo que sepas retirarte a tiempo. Te descomprometes, te pruebas, coleccionas, te muestras, te defiendes, te integras y atacas. Y después de todo eso... qué?
Quizá la mejor regla después de todo es: Sal sin esperar nada concreto. Es la mejor forma de no acabar con una desilusión por día. Y sobre todo... no te creas a los que te atacan, pero mucho menos a los que te adulan.
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