Algo que siempre me tocó las narices son esos lugares donde no puedes entrar si llevas zapatillas y no zapatos, o esos eventos y locales de riguroso "dress code" donde se supone que tienes que ir vestido de una determinada forma, vamos, algo así como la fiesta de fulanas y curas que daban los padres de Bridget Jones. Vale, lo del dress code todavía es respetable porque cada uno tiene sus fetiches, pero lo de las zapatilas es la tontería más grande del mundo. Es algo así como una "tolerancia a medias". Si vas con vaqueros rajados y polo de mercadillo, pero llevas unos fantásticos Martinelli, te podemos dejar entrar para que te pongas hasta las trancas y pierdas los papeles aullando sobre la barra como todo niño pijo que se precie.
Recientemente y desde la entrada de la nueva ley del tabaco he venido observando una nueva "tolerancia a medias" que me parece totalmente hipócrita. Es la de permitir en ciertos locales (contados por suerte) donde está autorizado el tabaco, el fumar cigarrillos pero no puros.
Probablemente algunos de los que lean esto no estarán de acuerdo conmigo, y respeto todas las objeciones que se pongan al respecto, pero quiero exponer mi postura.
Soy fumador de puros desde los 30 años aproximadamente y nunca he probado ni probaré un cigarrillo. Fumo puros de tamaño estandar cuando la ocasión lo permite y merece la pena, pero a diario, por razones prácticas fumo puros de tamaño mini, los más conocidos como "puritos". A todos los efectos este tipo de tabaco es comparable en duración y desprendimiento de residuos a los cigarrillos, con la ventaja de que la química más extraña que pueden llevar es la clara de huevo que se utiliza como pegamento de la hoja de tabaco para fijarla. Osea, cero porquerías...
El Domingo pasado paseando por la madrileña calle de Hortaleza paré a tomar café en un local donde he ido habitualmente hasta ahora. El Mama Inés. Nombre exótico que evoca tierras de buen café y buen tabaco de puros como Brasil, Cuba o Santo. Domingo. Al sentarme como siempre a charlar con un buen amigo que encontré allí e ir a encender mi purito, como de costumbre, algo que siempre he hecho en aquellos locales donde está permitido el tabaco, y en este lo está, el camarero llamó mi atención acerca de que no podía fumar ese tipo de tabaco en aquel local. El motivo es que tenían puesto un cartel, según él desde que entró en vigor la ley, donde se indica que se puede fumar tabaco, y también que no se pueden fumar puros.
Debo decir que en este local he fumado ese tipo de puritos hasta hace dos semanas incluso sentado en la propia barra del bar, y ningún camarero hasta ahora me había dicho nada. Por lo tanto mi indignación fue considerable, ya que las cosas o se hacen bien desde el principio o no se hacen, y por supuesto, el humo que desprende un purito no es comparable en absoluto con el de un puro estandar, pero se ve que a aquel camarero no le caí en gracia... qué le vamos a hacer.
En fin, al final respeté la absurda norma, me tomé mi té con leche servido con desagrado mientras observaba horrorizado los espantosos cuadros con que han decorado esta vez el local, fruto posiblemente de la mente calenturienta de alguien que no ha fumado muchos puros, pero sí muchos petas, y al pagar me cobraron un ticket de siete euros por un té con leche y menos mal que me di cuenta después y pude reclamarlo con el ticket en la mano.
Así que desde luego, a ninguno de mis amigos le voy a recomendar que vaya a un local cuyo nombre ni se sabe con qué fundamento se lo han puesto, donde te sirven sólo tres patatas contadas con la cerveza, donde te miran con desagrado por fumar algo diferente a lo que fuman los demás, donde te ponen un ticket equivocado por tres veces el valor de lo que te has tomado y encima te lo cobran y se callan a ver si no te das cuenta, donde los cuadros que ves en la decoración parecen salidos de la última peli de terror japonesa, donde se le ponen leyes a las leyes o se interpretan a su propio interés, y, en resumen y sobre todo, porque si a mí ya me deja de molar ir a un sitio, a ver por qué cojones se lo voy a recomendar a otros.
En fin, dicho queda, no os recomiendo el Mama Inés, porque no mola.